Aquella mañana era realmente desapacible. Había vivido muchas mañanas pero ninguna con esa lluvia racheada y fría que empapaba los huesos. Londres siempre fue una ciudad húmeda y sombría y yo estaba harto. Necesitaba viajar y ver mundo, una vez más, como llevaba haciéndolo desde hacía ya casi dos décadas.
He conocido muchos sitios y afrontado mil peligros, llegué hasta Moscú y más lejos aún, hasta la mismísima Persia. Precisamente de Persia me traje aquel parasol que tan útil resultó en el desierto. Y allí estaba yo, encerrado en casa, sin poder salir a ver mundo por esa lluvia desquiciante, qué limitado y aburido me encontraba.
¿Y si cogiera el parasol para resguardarme de la lluvia? -me dije-. Cinco minutos después, en la calle ya había recibido varios tomatazos, verduras cocidas y agua sucia. La gente se reía a mi paso mientras yo me convencía de que estaba en lo cierto. La gente de bien se reía de mi, diciendo que era una prenda para que las damas se procuraran sombra en los días de sol. Las gentes menos pudientes directamente me tiraban cubos de agua sucia, coles y zanahorias. Y ahí seguí yo, durante años usando en Londres, públicamente, el parasol de Persia frente a la lluvia, las risas, las críticas, la vergüenza y... las lechugas.
Todo Oxford Street se reía de mi pero yo sabía que estaba en lo cierto. "Pronto será popular", me repetía una y otra vez. Los cocheros empezaron a odiarme, temiendo que el uso del parasol frente a la lluvia arruinara sus negocios. Los puritanos me juzgaron diciendo que si Dios quería que nos empapáramos los huesos, no podíamos negarnos a ello armados con un peligroso... paraguas. Y ahí seguí yo, usando el parasol de Persia frente a la lluvia y cada vez menos risas, críticas y... lechugas.
Y resulta que estaba en lo cierto, soy Jonas Hanway y, 44 años después de morir, abría en el 53 de New Oxford Street "James Smith and Sons", la primera tienda dedicada solo a la venta de paraguas, ese, absurdo para los de mi época, accesorio básico de un gentleman. Ande yo caliente... o mejor dicho ande yo seco... y ríase la gente.
